Condesa de Merlin, Viaje a la Habana

Gallo, Andrea
Universidad de Venezia, Italia

“Fille de la Havane, je suis heureuse de dévoiler à l’Espagne les besoins et les ressources de sa colonie”. Con estas palabras, sorprendentemente escritas en francés, nace la literatura cubana elaborada por mujeres. Su autora, la noble criolla María de las Mercedes Beltrán Santa Cruz y Cárdenas Montalvo y O’Farrill (La Habana 1789 – París 1852) había nacido, en la misma capital de la isla, medio siglo antes. A los 51 años, ya viuda del marido Antoine Christoph, general bonapartista y comte de Merlin, María había emprendido esta larga aventura a su isla nativa: saliendo de París y pasando por Inglaterra y los Estados Unidos, se dirigía a La Habana, redactando al mismo tiempo una especie de diario de viaje en forma espistolar. Se trataba de treinta y seis cartas (más un prólogo y otros documentos en la edición parisina de 44), escritas en francés y dirigidas a parientes, ante todo a la hija Madame Gentien de Dissay, pero también a amigos, conocidos, artistas, escritoras, hombres de ciencia y personajes influyentes; cartas que narraban y describían a los europeos ávidos de exotismo, los hábitos, los pueblos, las tradiciones y los colores del Nuevo Mundo. El libro, ya concluido en 1842, pero impreso en francés sólo en 1844 bajo el título de La Havane en París, Bruselas y, al parecer también en La Haya, se editó ese mismo año en español, en una versión considerablemente reducida y con el título Viage á La Habana, en Madrid, y fue acompañado por una introducción, Apuntes biográficos de la Señora Condesa de Merlin, de otra “bella criolla”, la compatriota Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873).

Hoy María Caballero Wangüemert, catedrática de la Universidad de Sevilla, vuelve a proponer al público de lengua española, enriqueciéndola con un interesante ensayo introductorio, esa misma edición madrileña prologada por la Avellaneda y editada por Justo Zaragoza en la Imprenta de la Sociedad Literaria y Tipográfica. En el estudio preliminar, Caballero, además de analizar esta obra y ofrecer una interpretación de esta autora como una intelectual inquieta y viva dividida entre dos mundos, traza también un percurso que permite conocer los ambientes culturales en los cuales se estuvo formando María de las Mercedes y en los que desenvolvió su actividad no sólo de excelente salonièrre y anfitriona, sino incluso de autora de libros de éxito, como fue el caso de la biografía de la célebre soprano y amiga María Malibrán, biografía que contó con más de una edición y traducciones al inglés y al italiano.

Como pasó en Francia, en donde ya a partir del siglo XVII con Les Précieuses sabemos de la existencia de tertulias literarias en las que no sólo participaban femmes de lettres, sino que incluso eran por ellas mismas animadas, la moda del salón literario se extendió también a otros pasíses europeos, y fue precisamente en estos círculos donde tuvo inicio de forma, digamos, más “sistemática” la escritura de mujeres. España en esto no hace excepción, de modo que también aquí en el siglo XVIII y sobre todo en el XIX se va difundiendo la moda y la práctica del salón literario y, “si bien nunca tan brillantes como los franceses, Madrid tuvo sus salones. Uno de los más reputados a comienzos del XIX fue el de Teresa Montalvo, condesa de Jaruco, cubana asentada en Madrid” y madre de nuestra autora. Por el salón de doña Teresa, que fue dama de honor de la reina doña María Luisa y dama de la corte de José Bonaparte, transitaban políticos, escritores y artistas, entre ellos Moratín, Arriaza, Quintana y Goya; en este ambiente rico de estímulos y oportunidades, pasó parte de su juventud y se educó la joven María, y aquí estuvo formando su gusto y sensibilidad por la música, las letras y el arte, afinando aquellas capacidades que la convertirían en una excepción con respecto a las señoras madrileñas de la época, ya que, si es verdad que “el salón español no proporcionó la escritura femenina al nivel del país vecino” también destaca, como bien nota Caballero, el hecho de que “curiosamente fueron cubanas las mujeres pioneras en los salones y en el mundo cultural madrileño de la primera mitad del siglo XIX”.

Y este origen caribeño se refleja en la escritura, prevalentemente autobiográfica, de la Condesa: el ejemplo más evidente es La Havane/Viage à La Habana. La versión española recogía sólo diez de las treinta y seis cartas que constituían el texto francés (¡una traducción integral al español salió sólo en 1981!), cartas selectas y escogidas según el criterio de “lo políticamente correcto”, y que van a formar un nuevo texto en el cual destaca el gusto romántico por lo exótico, lo costumbrista y folklórico-pintórico, mientras que queda eliminado por completo todo el discurso reformista, de un reformismo moderado, que al contrario vertebraba la versión francesa. A pesar de la capatatio benevolentiae inicial con la tópica profesión de ignorancia e inadecuación que rehusa el intento artístico, “He escrito estas cartas sin arte, sin pretensiones de autor…”, estamos inequívocamente ante una obra literaria en la cual el expediente de las cartas no es más que un refinado recurso retórico, es decir, su autora, al ostentar sencillez estilística y espontaneidad, trata de amortiguar, a través del subjetivismo que siempre conlleva la carta privada, el manifiesto intento político y “progresista” que subyace a la obra y que expresa la visión de parte de las élites cubanas de aquel entonces. Un progresismo bien moderado que juntaba a la vez las instancias de una mayor autonomía de España y un peso más considerable en las decisiones centrales, con la necesidad de un vínculo fuerte con la Metrópoli, que pudiera salvaguardar a la minoría blanca, tan preocupada por lo que había pasado en la cercana Santo Domingo. Así las contradicciones de la Condesa – que igualmente demuestra aguda perspicacia en su análisis y propuestas – no son nada más que el reflejo de las incongruencias de una clase dominante en cierto modo anacrónica la cual, si rechaza el trato de los esclavos, porque controlado por los ingleses, se ve obligada al mismo tiempo a seguir defendiendo, paternalísticamente, la oportunidad de la conservación de la esclavitud, como medida necesaria para defender la economía de un país rural y mantener sus privilegios.

Sin embargo la versión madrileña, bien reducida, y, no por casualidad, “castigada” – operación que, con buena probabilidad, se llevó a cabo con el consentimiento de la misma Merlin – poco registra de toda esta tan compleja problemática, dejando a los lectores más atentos (fueran cubanos, españoles o europeos) la lectura de la completa versión francesa, y asentándose más bien en posiciones costumbristas, de forma que “un mismo texto sirve, sin embargo, a proyectos bien distintos, meramente costumbristas o con proyección internacional”. Y efectivamente el Viage à la Habana por su estructura (epistolar) y su temática (viaje) se califica como un texto “elástico” y adaptable a las distintas situaciones. No se puede adscribir a ningún género específico, sino que, conformemente al hibridismo típico del libro de viaje, el relato de la Condesa concentra, condensa y combina en sí lo novelesco, con su gusto por lo exótico y por las contemplaciones paisajisticas de un lírismo, ahora romántico, otra vez más bien compuestamente neoclásico, el intimismo sentimental propio de la confesión autobiográfica, y, en fin, el didactismo y un análisis riguroso y puntual peculiares de la reflexión ensayística.

Lo que sí destaca en ambas versiones, francesa y española, es la dualidad que vive la condesa hispano-franco-cubana, ella misma afirma que: “La France, ma mère adoptive, n’a rien changé, n’a rien diminuié de cette ardente affection pour mon pays”, y así al lado del costumbrismo algo di maniera y de cierta visión sorprendida, de una mirada europea pasmada y admirada, se va también delineando una nueva sensibilidad, una visión emotiva y afectiva del paisaje, tanto natural como humano, de una participación que es una de la primeras codificaciones literarias de un nuevo, autónomo, subsistente mundo ideal y sentimental, el de la nación cubana. Así se califica la escritura de la Condesa, una escritura marcada por la ambivalencia, es decir, por una continua oscilación entre dos polos: lo viejo/europeo y lo nuevo/americano, el estilo compuesto, masculino, y la anárquica originalidad femenina. En esta construcción de su mundo literario, la Condesa consigue un espacio original que le permite reivindicar los valores cubanos, construir su peculiar «Arcadia exótica» y cuajar consenso e identificación por parte de sus compatriotas: “en ese sentido, el viaje será un éxito, no sólo por la capacidad de fusión con el medio y de apropiación afectiva a través de la memoria que manifiesta la protagonista, sino por el reconocimiento que obtiene de los suyos”.

Atrevido es este texto, tanto por su visión “desde dentro” de un mundo “otro”, como por la “distorsión” femenina que la Condesa hace dentro de un código tradicionalmente masculino (el relato de viaje) – y Caballero bien sitúa este ejemplar dentro de una larga e ilustre tradición. La Havane/ Viaje à La Habana es por lo tanto, un libro original y nuevo: “es pionero por varios motivos: por su temprana fecha, por estar escrito por una mujer y por la cercanía afectiva al referente, fruto de su doble mirada europea y americana”.

Revista Internacional de Culturas & Literaturas, 2015. ISSN: 1885-3625