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Las mujeres en la cultura y los medios de comunicación

Las mujeres en la cultura y los medios de comunicación

CULTURA Y VIOLENCIA SIMBÓLICA

"La igualdad entre los sexos es el ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer"
Carla Lonzi

Dos definiciones de cultura nos interesan en especial modo: la primera es la que la define como "herencia", bien sea de objetos concretos (cultura material), bien sea de "ideas, procesos técnicos, costumbres y valores que se trasmiten socialmente" (Malinowski, 1970: 135). La segunda es la que define la cultura como mecanismo que determina modos de comportamiento. No podemos olvidar que, tanto esos saberes heredados, como esas reglas sociales están profundamente marcados por una concepción androcéntrica y patriarcal del mundo. En nuestra cultura la mujer ha sido pensada, categorizada, definida, "hablada", por un pensamiento construido exclusivamente por hombres que, al mismo tiempo que construían su identidad, relegaban lo femenino a lo "Otro", al silencio, a la naturaleza, a la materia, a la ambivalencia simbólica, al "lado de la opacidad" (Amoros, 1985: 25).

Trasformar la arbitrariedad cultural en conciencia "lógica y natural" del estado de las cosas entre hombres y mujeres es una de las operaciones del patriarcado para perpetuar la subordinación de lo femenino y justificar la sumisión de la mujer. Esa arbitrariedad cultural determina cuál es la naturaleza y función de las mujeres independientemente del papel social que desempeñan, independientemente de sus derechos civiles y políticos. Dicha arbitrariedad está marcada por la desigualdad con respecto a lo masculino y como sostienen Eva Giberti y Ana Fernández: "desigualdad-discriminación-violencia forman parte de un particular circuito de realimentación mutua que se despliega a través de la producción social de las diversas formas de aceptación que legitiman las desigualdades como práctica discriminatorias, y, a la vez, invisibilizan los violentamientos" (Giberti y Fernández, 1989: 17).

De la violencia simbólica
Subraya Rosusseau que los dos "vicios" más "peligrosos" en las mujeres son la "ociosidad" y la "indocilidad", y para librarnos de ellos, sugiere "toda la vida han de ser esclavas de la más continua y severa sujeción, que es la del bien parecer. Es preciso acostumbrarlas a la sujeción cuanto antes, con el fin de que nunca sea violenta" (AAVV, 1993: 61).

Las afirmaciones del filósofo francés llaman la atención por dos motivos:

1. Por la falta de reciprocidad con respecto a los varones, porque en su obra El Emilio precisamente se prescribe para éstos la libertad y el rechazo de todo sometimiento y autoridad.

2. Porque da con la clave de la violencia simbólica que aquí nos ocupa y es la de crear una conciencia y una censura interior en la mujer que haga innecesaria la violencia física.
Erica Jong lo había formulado de esta forma "La mejor esclava/ no necesitara ser golpeada/.Se golpeará a sí misma/...con el agudo látigo/ de su lengua/ y el golpeteo sutil/ de su inteligencia/ contra su inteligencia" (Jong, 1978: 126)

Los argumentos pseudomédicos de Aristóteles, que ve la mujer "como un macho deforme", pero también los de Freud, que niega la especificidad de una sexualidad femenina, los argumentos pseufofilosóficos o pseudoteológicos de San Pablo, San Augustín y otros padres de la Iglesia en torno a la creación, el alma y la salvación de la mujer, podrían no preocuparnos, ni afectarnos, si la cultura fuera, como dice Michail Bajtín, sólo el "reino de las opiniones", pero por desgracia dichos argumentos, profundamente ideológicos y misóginos han invadido y fundado las estructuras sociales, religiosas, educativas y jurídicas para justificar "la incapacidad de las mujeres para formar parte no ya de la voluntad general y el Estado, sino de la propia sociedad entendida como cuerpo simbólico moral" (Canterla, 2002: 19). Nos encontramos entonces con que la identidad social, sexual y personal de las mujeres, dictada por un tal cultura es al mismo tiempo "algo construido desde fuera, pero también algo interiorizado" (De Lauretis, 1999: 21). En este sentido, el inconsciente, como señalan diferentes teóricas feministas, es el lugar en el que la cultura patriarcal se perpetúa y se reproduce.

La igualdad de derechos y de deberes entre hombres y mujeres, sancionados por las constituciones vigentes, dejan casi inalteradas las desigualdades entre hombres y mujeres en la vida privada, por una parte, y las desigualdades en las oportunidades que se proyectan en la vida social, por otra. Dichas desigualdades se fundan en el consenso, a veces inconsciente, y a veces no, que existe en torno a la "natural" inferioridad de la mujer, y que se perpetúan a través de la cultura en sus dos nociones mencionadas, más concretamente a través de los "habitus" sociales de género: sistema de normas "profundamente interiorizadas, que no se expresan nunca total ni sistemáticamente" (Rodríguez Méndez, 2003: 145), y que son las que regulan el comportamiento, las actitudes, la forma de movernos, las posturas del cuerpo e, incluso la forma de utilizar el lenguaje en el mundo.

Entre las limitaciones impuestas durante siglos a las mujeres, las más persistentes son éstas, las que afectan a la esfera individual de "ser mujer en el mundo", es decir, a las posibilidades de la subjetividad femenina y a su proyección-identificación en la identidad social. El consenso social sobre la "consideración" de la mujer como persona y como categoría social dista mucho de estar, en todos los ámbitos, en condiciones de igualdad con los varones.

Todas las mujeres experimentamos la separación que existe entre las leyes y sus realizaciones sociales, entre las teorías y las prácticas que a nosotras se refieren. Como se afirma en un reciente estudio de la Universidad de Sevilla "es preciso encontrar soluciones a la insuficiencia del igualitarismo abstracto" (AA.VV. 2003: 24).

La desigualdad invisible se trasmite sobre todo a través de la cultura y los medios de comunicación, es decir, a través de textos escritos y visuales, que constituyen y configuran nuestra forma de pensar y nuestro conocimiento del mundo pero, sobre todo, condicionan los modelos de identidad e identificación en los que podemos reconocernos.

La identidad se basa en categorías de conocimiento como la comparación, la percepción de parecidos y de ldiferencias. La falta y, al mismo tiempo, la necesidad de poseer una imagen positiva de nosotras mismas está relacionada con supuestas "enfermedades" o "anomalías", aunque sería mejor llamarlas "formas de resistencia", típicamente femeninas. Si la histeria es la reacción de la mujer silenciada que, a falta de un lenguaje y un espacio en el que expresarse, utiliza su cuerpo como "texto vivo" de protesta, la deprimida, "figura emblemática de los años noventa" (Teresa de Lauretis, 1999: 76), es sólo una "perdedora", que traduce su malestar profundo, su sentido de "ser inadecuada", en pasividad, en renuncia a actuar en el mundo. Como subraya Celia Amorós "el discurso de la mujer sobre su propia condición es el discurso del deprimido y el discurso del deprimido es el discurso del otro" (Amorós, 1985: 59). Un discurso que enseña a la mujer a concebir su propia subordinación en lo privado y su propia exclusión en los social y cultural, como algo "natural" e "indiscutible".

Bourdie sostiene que la violencia simbólica "no se produce en la lógica pura de las conciencias conocedoras, sino a través de los esquemas de percepción, de apreciación y de acción" (Bourdie, 2000: 53 y 54), que son las formas en las que los esquemas sociales están presentes. Porque la violencia simbólica se mueve en el territorio sutil de las relaciones afectivas, de las sugerencias, de las seducciones, de las amenazas, reproches, órdenes o llamamientos al orden, en el campo de lo personal, y en el silenciamiento y la exclusión de las obras, creaciones y logros de las mujeres en el campo de lo social y cultural.

La violencia simbólica se perpetua a través de la adhesión a un conocimiento, a un saber, a una lógica patriarcal: "cuando los dominados aplican a los que les dominan unos esquemas que son el producto de la dominación" (Bourdieu, 2000: 26). Las mujeres que se acercan a la cultura, a los textos desde una posición androcéntrica sólo podrán reconocer y aceptar en ellos su propia sumisión y su propia exclusión. Y es por eso que en este curso proponemos la "insumisión" a los modelos que nos oprimen, la práctica de la "sospecha" (Amorós, 1985), las lecturas no "autorizadas" o a contrapelo de los textos de nuestra cultura. Uno de los proyectos políticos de los postfeminismos es la deconstrucción de la cultura heredada, la des-identificación con respecto a los modelos de feminidad creados por nuestra cultura, y la creación de nuevos modelos. Si es verdad que las mujeres sueñan a través de los sueños de los hombres, se hace necesario un cambio de valores, un cambio en la conducta ética que genere nuevos valores estéticos que nos permitan soñar nuestros propios sueños.

El conociiento no es neutro ni universal
"El conocimiento no puede prescindir del género de quien conoce-aprende" (Vinella, 2000: 87), la contribución más importante realizada por las pensadoras y las escritoras es haber puesto de manifiesto que "todo saber tiene una colocación, y por lo tanto es parcial" (Braidotti, 1994: 17-18).

Como sostiene Patricia Violi, "un saber aparentemente objetivo impide ver o sacar a la luz las formas diferenciadas en las que hombres y mujeres están (diversamente) colocados con respecto a un orden patriarcal: sencillamente uno de los dos términos se sitúa al margen, fuera de la cultura y de los procesos simbólicos" (Violi, 1991: 32)

Podemos resumir en una serie de puntos esta diferente colocación:

1. La cultura es una creación realizada casi exclusivamente por hombres, donde las aportaciones de las mujeres han sido excluidas u olvidadas. La única identidad posible es la masculina mientras que la femenina constituye sus márgenes, su revés, su deformación o su monstruosidad.

2. La cultura ha construido a las mujeres (sujetos históricos) como objeto de conocimiento, al mismo tiempo que les negaba la posibilidad de ser sujetos de conocimiento. Como sostiene Lola Luna (1996), la narración histórica ha sustituido las "voces" de las mujeres que en algún momento fueron protagonistas o intervinieron en ella. Ese patrimonio cultural perdido es irrecuperable en muchos casos: las obras de mujeres que sabemos tuvieron influencia en la cultura de su tiempo y de las que sólo quedan los testimonios que los autores nos han trasmitido de ellas. Sabemos que, incluso en la Grecia clásica hubo mujeres destacadas como Hypatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma, de cuya obra sólo tenemos trascripciones. Tampoco sabemos nada de primera mano de Diotima, la maestra de Sócrates, sino lo que él mismo nos dice de ella en El banquete.

Si la cultura es, como dice Lotman, "memoria no hereditaria de la colectividad" (Lotman, 1987: 71), debemos concluir que dicha herencia es parcial. Por otra parte, la cuestión de la memoria-identidad es uno de los puntos fundamentales de la investigación feminista porque, como señala Annamaria Buttafuoco, nuestra identidad ha sido "constantemente definida por otros" y las mujeres "necesitan más que cualquier otro grupo construir una memoria que sirva de autorreconocimiento y valoración" (Butafuoco, 1990: 49).

3. La cultura ha creado a las mujeres como personajes, objetos de arte, pinturas, esculturas, comics, iconos publicitarios, constituyéndolas en objetos estéticos, mientras que, al mismo tiempo, les negaba la posibilidad de ser maestras, autoras, creadoras de estética.

4. Dona Haraway (2000) ha puesto de manifiesto en sus escritos que la cultura científica es masculina, no sólo porque ha excluido a las mujeres sino, sobre todo, porque se ha definido y fundado ignorándolas dentro de la especie humana. Lo mismo puede decirse de la cultura humanística.

5. La mujer dentro de la cultura se ha caracterizado por la invisibilidad y el silencio, su escritura se configura desde el principio como resistencia porque hasta nuestro siglo, incluso las autoras que aprueban y refuerzan los modelos patriarcales de referencia, son leídas y percibidas como una trasgresión a los límites del mundo femenino. Límites espaciales, sociales y culturales que aún no han desaparecido, porque en la jerarquía de los saberes (Foucault, 1972), que es la que establece de qué y de quién se puede hablar, los discursos de las mujeres ocupan los lugares periféricos, sometidos como están a un mecanismo de exclusión.

Molestias textuales
Saber no significa sólo ampliar nuestro patrimonio de conocimientos, aumentar nuestra nemotécnica y erudición, sino también modificar nuestro comportamiento ante la realidad, porque hay saberes que nos modifican dentro y modifican nuestras acciones en el mundo.

El universo simbólico es el lugar y el medio a través del cual el ser humano intenta proyectarse y comprenderse. La realidad sólo puede apreciarse a través de los signos que la configuran, pero cuando los signos están construidos por otros que no somos nosotras y están construidos "en contra" de nosotras, se produce lo que Rivera Garretas llama "desorden simbólico" (2003: 75) y Adrien Rich (1996) denomina "molestias textuales", y que consiste en la imposibilidad de autoreconocerse en los modelos dados, en la necesidad de mantener una posición "excéntrica" (De Lauretis, 1999) con respecto a la cultura y de practicar el desacuerdo con textos y autores canónicos, que en diferentes momentos de la historia han descrito, definido, prescrito lo femenino en contra y fuera del estatus de la dignidad de lo humano.

Los estudios de género y de la crítica literaria feminista (Segarra, 2000), sean del área que sean, se proponen tres objetivos fundamentales para terminar con la misoginia y androginia de nuestra cultura:

1. Poner en evidencia los estereotipos sexistas dentro de la cultura y especialmente en los textos, es decir, cuestionar las visiones de la Literatura, la Filosofía, la Psicología, la Teología, etc. consagradas.

2. Dar visibilidad a las mujeres escritoras. En un doble sentido, como hace la ginocrítica de cuño americano, que estudia la especificidad de la escritura femenina, definiendo sus rasgos fundamentales, y como hace la écriture fémenine, de cuño francés, que intenta recolocar lo femenino dentro de lo simbólico social.

3. La construcción de una teoría de análisis de la cultura plural y no sexista, es decir, que tenga en cuenta categorías de análisis útiles para analizar los textos escritos por mujeres.

Los estudios feministas que se ocupan de analizar textos se caracterizan por una variedad de posiciones: el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia, los postfeminismos, los estudios de lesbianas, la semiótica feminista, el black feminism, las teorías queer, las ginocríticas y la écriture fémenine. Entre sus aportaciones fundamentales destacaría la fundación de un nuevo orden simbólico: el de la madre.

Dicho orden, diferente al orden patriarcal, fue elaborado por el grupo milanés de la Librería de Mujeres, cuya cabeza visible es Luisa Muraro, pero en el que pueden incluirse a escritoras como Hélène Cixous, Julia Kristeva y Luce Irigaray, a pesar de las diferencias que existen entre ellas. El orden simbólico de la madre es una forma de relectura de la cultura desde el punto de vista femenino, que considera que el orden del lenguaje y la misma cultura se identifican con el orden simbólico del padre.

El orden simbólico de la madre prevé la multiplicidad frente a la unidad, la alteridad frente a la identidad del sujeto, la encarnación de ese sujeto en un cuerpo sexuado. Su actitud epistemológica se basa en la contingencia y la relacionalidad y, por lo tanto, pone en marcha la discusión y la sospecha, en vez de la aceptación. No pretende tanto a la solución (arbitraria, totalitaria, salomónica) de los problemas, como un nuevo planteamiento de los mismos. Pilar Godayol explica este actitud desde el punto de vista de la teoría de la traducción: "dialogar y negociar con el objeto de estudio en una relación de intercambio, no resuelve los problemas, sino que los crea" (Godayol, 2002: 100). Los saberes de las mujeres que se apoyan en dicho orden se configuran como formas subjetivas y experimentales, que rechazan lo abstracto y lo universal y que colocan lo personal y lo afectivo en un lugar central.

Filósofos como Faucault, Rorty, Ardissone, Braidotti, Irigaray, Haraway señalan que uno de los deberes fundamentales de nuestro tiempo no es el de respetar los principios y valores existentes, sino el de inventar nuevas metáforas para representar el mundo, nuevos estilos de vida, nuevas formas de saber y nuevas jerarquías de valores.

Escribe Adrienne Rich: "Hemos sido vistas durante siglos como Naturaleza pura, hemos sido explotadas y violadas como la Tierra o el Sistema Solar; no es extraño que ahora queramos convertirnos en la Cultura: puro espíritu, mente. Sin embargo, esa misma Cultura y sus instituciones políticas son las que nos han arrinconado. Y por lo mismo han arrinconado la vida, convirtiéndose en una cultura muerta, cuantitativa y abstracta, con una voluntad de poder que ha llegado a constituir la destrucción más refinada de este siglo. Esta cultura y esta política de abstracciones es lo que las mujeres desean cambiar, devolviéndolas a unos planteamientos más humanos" (Rich, 1996: 124)

No debemos dejar que la sociedad patriarcal defina nuestras posibilidades como seres. Como sostenía Simone de Beauvoir (1987) no somos seres cerrados, sino seres abiertos a la trascendencia, que tenemos que realizar nuestros propios fines, para proyectar un nuevo modelo de vida. Las mujeres no hemos sido creadas a "imagen y desemejanza" (Cavarero, 1990) del hombre, como nos ha hecho creer la cultura patriarcal en la que vivimos, sino que estamos en "el camino de nuestra evolución", como dice Maria Zambrano. Esa evolución pasa por la construcción de nuestras propias imágenes. Si las batallas hasta ahora ganadas para conseguir un estatus de dignidad y libertad nos han dado el derecho al voto y los derechos de ciudadanía, aún nos queda por mucho por hacer en el campo de la cultura y del imaginario social.

También en otras épocas se consiguieron libertades para las mujeres que desaparecieron después cuando soplaron vientos de conservadurismo, (y no es que ahora el aire sea de lo más ligero). La única forma de promover cambios duraderos en la sociedad es la trasformación de las ideas, la trasformación de la cultura.

La cultura patriarcal nos ningunea, la cultura patriarcal nos silencia, y lo hace impunemente contra el principio ético de la reciprocidad, contra el principio moral de la igualdad y el respeto. Por eso no hay nada peor que una mujer que lee, que una mujer que escribe, no hay nada peor que una mujer que lee a otra mujer y, a través de ella, vuelve a pensar su posición en el mundo, porque eso implica una trasformación de las ideas heredadas, una nueva posición mental y física en el mundo. No estaremos en una posición de igualdad hasta que no conquistemos nuestra propia palabra, hasta que no borremos esa misoginia de los diccionarios que nos deforma y nos culpabiliza, hasta que no se rescriban los libros de humanidades y de ciencia con las aportaciones femeninas. Dice Simone de Beauvoir que "escribir una obra es mostrar el mundo". El mundo que queremos todavía no ha sido mostrado.

Mercedes Arriaga Flórez
Universidad de Sevilla

Revista semestral del Grupo de Investigación de la Junta de Andalucía y de la Universidad de Sevilla ESCRITORAS Y ESCRITURAS
Plan andaluz de Investigación HUM 753 • Directora: Mercedes Arriaga Flórez